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20 años de soledad

Hoy se cumplen dos décadas de una fecha que conmocionó al mundo del fútbol chileno, la del suicidio de Raimundo Tupper. Esta es la historia de un hombre excepcional y de un jugador diferente. De un estremecedor salto al vacío y de un recuerdo que permanece.

Andrés tiene 82 años y una herida profunda, imborrable. Una herida que no le impide, sin embargo, caminar cerro arriba durante casi una hora para asistir a una ceremonia muy especial. Porque Andrés tiene cuatro hijos, pero hubo un momento en el que tuvo cinco. Uno de ellos, el más joven, se marchó hace 20 años. Visiblemente emocionado, el anciano toma aire al lado de la cruz que domina el promontorio, cierra los ojos y comienza a cantar, con voz quebrada y a capela, El Sueño Imposible, la canción central del musical Don Quijote, al que solía asistir junto a toda su familia hace años, cuando las cosas eran diferentes.

Una vez concluida su estremecedora interpretación, el silencio vuelve a apoderarse de las alturas de San Carlos de Apoquindo. Con los ojos nublados por la emoción, el hombre se acerca para conversar con La Tercera. Es viernes en la Precordillera, y a sus espaldas, un bello mosaico recuerda el indeleble legado que dejó su hijo, Raimundo Tupper, el Mumo inmortal. “He venido aquí por lo menos unas doce veces. Hacía tiempo que no subía, pero ahora voy a venir más seguido”, explica, a modo de presentación, Andrés Tupper, padre del malogrado jugador. “Yo canté esa canción porque él tuvo sus molinos de viento, como El Quijote, con esa enfermedad tan difícil que es la depresión y que se le atravesó en su vida”.

Molinos que tal vez Raimundo Tupper llegó a confundir con gigantes, como le ocurría a Don Quijote en el relato de Miguel de Cervantes, y que terminaron por distorsionar su realidad. Una realidad que, a simple vista, parecía perfecta. “A él le costaba explicar por qué si lo tenía todo, no podía ser feliz. Yo sabía que tenía depresión. Sus amigos más cercanos estábamos al tanto de todo, pero uno es demasiado ignorante en la materia como para poder ayudar de verdad”, confiesa Rodrigo Gómez, amigo y compañero del Mumo desde que coincidieran en las divisiones menores de Católica, a comienzos de los años 80.

Corazón Cruzado

Raimundo Tupper Lyon vino al mundo en Santiago, el 7 de enero de 1969, en el seno de una familia acomodada o, si se prefiere, sin grandes dificultades económicas. De ascendencia británica y sangre cruzada, no tardó demasiado en destacar en la escuela formativa del club al que sus abuelos maternos habían dedicado ya buena parte de sus vidas. “Mis abuelos eran fanáticos de la Católica, así que nosotros, desde que pudimos andar, empezamos a ir al estadio”, recuerda Juan Andrés Tupper, el mayor de los cinco hermanos.

Fue el legendario Alberto Fouillioux su mentor y primer maestro; Lukas Tudor su mejor socio en la cancha; y el Mundial Juvenil de 1987 su trampolín a la fama;  el de alguien para quien el fútbol no había sido nunca ni más ni menos que un juego. “Él era un chico económicamente de clase alta, pero muy humilde y sencillo. Era  totalmente distinto de lo que la gente pensaba o de lo que la gente suele pensar sobre las personas que viven en este lado de la Cordillera, en esta parte de Santiago”. El que habla es Mario Lepe, eterno capitán del club de la franja y compañero de Tupper en uno de los planteles más recordados de la historia de la UC, el que acarició con la yema de los dedos la Copa Libertadores en 1993.

Un futbolista ilustrado

“Recuerdo que cuando conversaba con él, mostraba siempre un gran interés por los temas y un conocimiento cabal de todo lo que estaba hablando”. Así recuerda Óscar Wirth al Mumo. El legendario arquero de la UC en aquella  final ante Sao Paulo tiene la imagen clara del muchacho humanista e ilustrado, la del futbolista culturalmente inquieto, la que corroboran todos los que lo conocieron: “Raimundo era distinto, atípico en todos los sentidos. Cómo jugaba, cómo pensaba y cómo sentía”, afirma Rodrigo Gómez a propósito del tímido y reservado jugador que acostumbraba a viajar a las concentraciones “con volúmenes gruesos de libros”, como rescata su padre.

Un deportista que prefería la luz quieta de los museos a la de los flashes, y que amaba la música de Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat casi tanto como la literatura de Julio Cortázar y Gabriel García Márquez. Tupper creía que con el fútbol no alcanzaba, o si alcanzaba, no era suficiente. Y tal vez por eso empezó a estudiar en la Universidad, pero tuvo que abandonar por falta de tiempo. Poco importaba, pues el futuro del Mumo, convertido tras el Mundial Juvenil en ícono nacional dentro y fuera de la cancha (en parte por su talento, en parte por su buena presencia) no podía ser más prometedor.

La oscuridad

Sin embargo, a comienzos de 1995 las cosas comenzaron a torcerse. Tupper era ya titular indiscutible  y la selección adulta llamaba a su puerta. Pero algo no terminaba de marchar bien. Llegaron los llamados de las televisiones, el interés extradeportivo por una figura más bien reticente a ser el centro de todas las miradas. Raimundo ingresó en el túnel sin salida. “Nunca le gustó ser el centro de atención y el haber sido tan popular en esa época tuvo que haber significado un esfuerzo tremendo para él. Es probable que su introversión estuviera relacionada con su depresión, porque era una depresión endógena que tenía que ver con un desbalance químico en su cerebro. Una situación que él no podía manejar sin medicación. Que trató de manejarla así, pero no pudo”, explica Juan Andrés Tupper. “Él decía: Yo no puedo tomar medicamentos que me impidan jugar fútbol. Yo no quiero que se haga público. La depresión era entonces un tema tabú, así que todo se manejó tras bambalinas”, continúa.

Tal fue el secretismo, que el club adujo que la ausencia de Raimundo en las últimas fechas del torneo doméstico, respondía a un problema gástrico.

El 18 de julio de 1995, el plantel de la UC, encabezado por Manuel Pellegrini, partió rumbó a Costa Rica para enfrentar al Deportivo Saprissa en el primer compromiso de su gira centroamericana. Tupper, supuestamente restablecido, formó parte de aquella expedición.

Un día después, el 19 de julio, en la habitación 621 del Hotel Centro Colón de San José, el Mumo conversó durante toda la noche con su compañero de pieza, el argentino Sergio Fabián Vázquez. “Estuvimos hablando hasta las 6.30 ó 7 de la mañana. Después de nuestra conversación me di cuenta de que estaba muy angustiado. En la mañana él se levantó primero. Cuando iba saliendo de la habitación le dije: Esperáme, que bajo con vos. Y él me dijo: Voy llamando al ascensor y te espero. Tardé dos minutos en lavarme los dientes, pero al salir ya no estaba. Yo bajé, y mientras yo bajaba, él ya estaba subiendo. Él ya sabía lo que iba a hacer, sólo estaba esperando el momento”, rememora Vázquez, desde su casa de Buenos Aires.Y lo hizo. A las 9.30 de la mañana del 20 de julio de 1995, Raimundo Tupper puso fin a su existencia arrojándose al vacío desde la terraza ubicada en el noveno piso del hotel, descalzo. Tenía 26 años.

La despedida popular, que Vázquez no duda en comparar con “el último adiós de Perón en Argentina”, marcó un hecho insólito en la historia del fútbol chileno, ya que la misa fúnebre oficiada en recuerdo del jugador se celebró sobre el pasto de San Carlos de Apoquindo -su particular Macondo- ante cerca de 9 mil  personas.

“Hay muchos niños que hablan hoy del Mumo y que nacieron mucho después de que él hubiera muerto”, manifiesta emocionado su hermano. “Yo despierto todos los días, y lo primero en lo que pienso es en Raimundo. Cuando me duermo, antes de dormirme, también pienso en él”, culmina su padre. “A Raimundo yo lo considero un ángel que no es de esta tierra”, sentencia Sergio Vázquez. Hoy se cumplen 20 años de su partida, del día en que el Mumo dejó huérfano al fútbol. O Veinte años de soledad, como hubiese escrito García Márquez, su mágico autor de cabecera.

 

Fuente: La Tercera.

 

 

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