Opinión

Campeones de América, por Gonzalo Cordero*

Hay una pregunta obvia: ¿Por qué no vamos a ser campeones de América en fútbol si ya lo somos en tantos otros ámbitos, tanto o más sorprendentes a juzgar por la historia?

El sueño se hizo realidad, por primera vez en la historia del fútbol la selección chilena se coronó campeona continental.  Décadas de supremacía de argentinos, brasileños y uruguayos quedaron en el pasado y nuestros jugadores dieron la vuelta olímpica.  Parafraseando esa vieja frase –creo que del fútbol argentino- ahora la copa se mira y se toca.

Parece que es una verdad objetiva que estamos frente a la mejor generación de la historia del fútbol chileno.  Los más viejos, por supuesto, recordamos estrellas individuales –en mi caso Elías Figueroa- que siguen siendo en nuestra mente y corazón los más grandes en su posición, pero es un dato que este equipo ha logrado lo que ninguno consiguió antes.

A pesar de la vieja sentencia que dice que la victoria tiene muchos padres, mientras la derrota es huérfana, tengo que reconocer hidalgamente que no tenía ninguna expectativa de que nuestro equipo pudiera derrotar al seleccionado argentino.  Esperaba, con cierta resignación, que se repetiría la historia; en algún momento un chileno cometería un error que sería aprovechado por el rival o que en una pelota “muerta”, el cabezazo de un albiceleste, 15 centímetros más alto que cualquiera de nuestros defensas, liquidaría el partido (mis hijos no podrían creer el manejo de los conceptos futbolísticos de su progenitor si leyeran esta columna, pero eso es aún más improbable que el campeonato continental).

Pasado el tiempo de la alegría y la celebración, sería muy útil que el mundo futbolístico chileno hiciera un análisis reposado de lo que hemos hecho bien y que explica este y otros buenos resultados.  Lo más probable es que si hay alguna razón estructural, siguiendo la cultura nacional, habrán pronto movimientos en pro de cambiarlos, pero aún así alguna cosa buena podrá salvarse.

Como mi especialidad está muy lejos de ser el fútbol, creo interesante hacer un análisis externo de las razones por las cuáles ganamos y, como se dice, estamos frente a la mejor generación de nuestra historia futbolística.

Sin duda tienen que haber factores propiamente futbolísticos (soy de los que creen que Bielsa provocó un cambio que trascendió su permanencia en nuestro país) que den cuenta del triunfazo; pero pasada la emoción y los efectos de los líquidos que acompañaron la celebración, aún a riesgo de ser catalogado como el típico “general después de la batalla”, tengo que reconocer que hoy la victoria me parece bastante menos sorprendente que el día mismo del partido.  Es más, he llegado a convencerme que era bastante obvio que en cualquier momento ganaríamos un título como este.

Hay una pregunta obvia: ¿Por qué no vamos a ser campeones de América en fútbol si ya lo somos en tantos otros ámbitos, tanto o más sorprendentes a juzgar por la historia?

En efecto, piense usted, estimado lector, que ya somos campeones de América (Latina, por supuesto) en desarrollo, el último índice de desarrollo humano de Naciones Unidas nos coloca en el lugar 41, empatados con Portugal, por sobre todo el resto de nuestros competidores futbolísticos; en materia de ingreso per cápita es igual, superamos de hecho a Argentina hace unos pocos años, por primera vez en nuestra historia (igual que en el fútbol); en términos de educación en las últimas pruebas internacionales hemos obtenido los mejores resultados, superando a México y Argentina, a pesar de tener un sistema aberrante según nuestra nueva Ministra del ramo -¿cómo serán los sistemas de los otros?-; nuestros indicadores de salud también son los mejores (entiendo que en cifras oficiales nos supera Cuba, pero de acuerdo a sus cifras oficiales ellos también tienen una democracia más avanzada que la nuestra).

En fin, a estas alturas y si consideramos factores de desarrollo en salud, nutrición, educación, integración al mundo, etc., es bastante razonable que tengamos jugadores cuya alimentación y desarrollo cognoscitivo les ha permitido jugar en Europa, de manera que prácticamente toda la selección que jugó esta copa América participa en las mismas ligas que los jugadores argentinos.  De hecho, no deja de ser simbólico que el primer penal de Argentina fue ejecutado por Messi ante el arquero chileno, Bravo, que es su compañero en el Barcelona.

En coherencia con lo anterior, tenemos jugadores sicológica y futbolísticamente competitivos con argentinos, brasileños y uruguayos, por mencionar  a los líderes tradicionales.

Hacer un poco de memoria permite recordar la época en que los jugadores chilenos que salían al extranjero eran muy pocos.  Es verdad, que esto no se explica únicamente por el desarrollo que ha tenido Chile en los últimos 30 años, pero negar que ese ha sido un factor esencial sería simplemente negarse a aceptar una realidad obvia.

Por supuesto, la inmensa mayoría de los jugadores no se han inhibido de mostrar sus simpatías por la presidenta Bachelet y su gobierno; en forma equivalente a como hicieron los contrario con el presidente Piñera, en su momento.  Pero eso no es más que expresión de la aproximación emocional a la política que caracteriza a la mayoría de los chilenos, porque paradojalmente es la Presidenta Bachelet la que quiere cambiar casi todo lo que hizo posible que nuestro país produjera deportistas capaces de ser líderes en América y, como Alexis Sánchez, aspirar en serio a ser reconocido como el mejor del mundo en algún momento.

Pero esto es sólo una anécdota, a nuestros futbolistas hay que celebrarlos por lo que son: grandes deportistas; y agradecerles por lo que hicieron: ganar un título que a todos nos ha hecho felices.

Lo que realmente importa es que somos campeones de América en muchos ámbitos y ahora también en fútbol, disfrutémoslo mientras dure; porque ya nos encargaremos nosotros mismos que dejemos de serlo.  Por empeño no nos quedamos.

* Abogado

Fuente: El Líbero

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