Opinión

Doloroso realismo económico, por Felipe Larraín

En economía la aritmética es implacable. Por eso, cualquier analista serio se da cuenta de que la suma de recursos involucrados en los proyectos del Gobierno no puede ser financiada sin romper largamente las metas fiscales a las que se ha comprometido esta administración. Ello exige priorizar. Si esto no se hace, el gobierno actual terminará su período con un alto déficit fiscal, tanto en su versión corriente como en la estructural.

Una muestra más de que la debilidad económica y las promesas exageradas nos están pasando la cuenta.

La situación es de tal complejidad que el propio ministro de Hacienda ha hecho un llamado a la responsabilidad fiscal. Sin embargo, este bienvenido realismo económico es insuficiente. Para efectos de poder revitalizar la economía, es fundamental entender qué ha producido el brusco frenazo que hoy vivimos.

En primer lugar, intentar culpar a la economía internacional no se sostiene. El crecimiento del planeta estuvo plano en 3,4% durante 2013 y 2014, mientras en Chile cayó de 4,2% a 1,9%. Más aun, las proyecciones de las principales instituciones internacionales (como el FMI) para la economía global suben a 3,5% para el año en curso y 3,8% para 2016. Es cierto que hay desaceleración en las naciones emergentes, pero es una desaceleración suave (de 5% en 2013 a 4,6% en 2014 y un 4,3% proyectado para 2015). En Chile, en cambio, es un frenazo de proporciones.

Es cierto también que el precio del cobre ha caído. Pero el precio del petróleo se ha desplomado mucho más. Y Chile importa casi el 98% de los combustibles líquidos que consume. Desde junio pasado, momento en que empezó la fuerte corrección de los precios de commodities , el cobre ha caído desde US$ 3,07/libra a US$ 2,62/libra, en tanto que el barril de petróleo Brent pasó de US$ 115 a US$ 60. Es así como los términos de intercambio de Chile no solo no han caído, sino que están incluso algo mejores a los que teníamos a comienzos de 2014. Además, las condiciones de liquidez mundial han estado estables -la tasa del bono del Tesoro a 10 años es hoy más baja que la imperante en la segunda mitad de 2013-. Y tanto Europa como Japón están embarcados en un programa de expansión monetaria sin precedentes.

No podemos, entonces, culpar a la economía internacional de nuestras tribulaciones domésticas. Pero tampoco podemos echarles la culpa a los problemas políticos. El ciclo negativo de inversión que hoy vivimos es el más largo de los últimos 30 años -vamos para los ocho trimestres de caída si se excluye el anémico crecimiento de 0,5% en el cuarto trimestre de 2014-. Como muestra un informe de Clapes UC, en todos los episodios anteriores hubo recesión en el mundo o en EE.UU. En este no hay recesión externa alguna. Este ciclo comenzó tenuemente el tercer trimestre de 2013 y se agudizó a partir del cuarto trimestre, luego que la Nueva Mayoría revelara su programa de gobierno (junio de 2013), plagado de reformas dañinas al crecimiento, la inversión y el empleo. Fue así como la economía chilena tuvo un frenazo mayúsculo en 2014, mucho antes de que la actual crisis política llegara.

En síntesis, el problema no es la economía internacional. Las cifras demuestran que la desaceleración del mundo emergente a lo más puede explicar una pequeña parte del frenazo chileno. La debacle tampoco se explica por la crisis política. Guste o no, la evidencia apunta a que gran parte de las tribulaciones de la economía chilena -y sus negativos efectos en la creación de empleo y los salarios- viene de un conjunto de reformas mal concebidas, peor diseñadas y con un déficit gigantesco de implementación. El mejor y más triste ejemplo es la nueva ley tributaria, que demanda nuevas modificaciones legales para ser reparada. También está el proyecto de reforma sindical, que ojalá sea enmendado en el Senado. Y el broche de oro es la incertidumbre de la reforma constitucional, de la que si bien no se sabe a ciencia cierta su forma o contenido, existen sospechas fundadas de que debilitará el derecho de propiedad.

Por eso, si de realismo económico hablamos, es necesario reconocer primero que el grueso de los problemas que vivimos es autoinfligido; en época de Copa América, es un auténtico autogol. Si el Gobierno quiere genuinamente enmendar el rumbo, más vale que no siga buscando explicaciones ni en la crisis política ni afuera de Chile. La explicación la tenemos. Lo que nos faltan son soluciones.

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