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La asesoría secreta de Enrique Correa a Cristián Precht y los jesuitas

El nombre del reconocido lobbista salió al ruedo con el intercambio de correos electrónicos entre Errázuriz y Ezzati, para impedir que Felipe Berríos fuera capellán de La Moneda. Sin embargo, también asesoró a Cristián Precht al ser acusado de abuso y a los jesuitas cuando surgió el mismo problema con su provincial, Eugenio Valenzuela. El vínculo entre Correa  y la Iglesia no solo se explica por su paso por el Seminario sino también por cómo concibe el poder.

El viernes 24 de enero del año pasado, un comunicado de prensa firmado por el provincial de los jesuitas, Cristián del Campo, fue publicado en la página de la orden con una información que golpeaba a sus fieles: “La Compañía de Jesús en Chile informa a la opinión pública que el padre Eugenio Valenzuela S.J., quien se desempeñara como Provincial de la Orden en el país en el período 2008-2013, ha sido denunciado ante la autoridad eclesiástica, por hechos vinculados al ejercicio del ministerio sacerdotal, los cuales no afectarían a menores de edad”.

La información era entregada en forma estratégica antes de que el escándalo registrara detalles en la prensa. La consigna fue transparentar.

Este fue –según fuentes de la orden– uno de los últimos comunicados de la Compañía de Jesús que revisó Enrique Correa, asesor y dueño de Imaginacción, una de las empresas de lobby más importantes de Chile.

Entre Correa y los jesuitas existe una cercanía de larga data y fue justamente hasta febrero del año pasado que él ocupó un lugar importante en las consultas de asuntos públicos que hacía la Compañía. “Formaba parte de un grupo de personajes importantes al que la orden le consultaba frecuentemente”, cuenta una fuente de los jesuitas. En el caso de Eugenio Valenzuela, Correa fue una de las voces más escuchadas. Si bien no fue él quien escribió de puño y letra la declaración que daba cuenta del hecho, sí dio el visto bueno final.

La movida comunicacional incluso significó el reconocimiento de los denunciantes, quienes valoraron que fuera la misma compañía la que lo hiciera público. También se hacía un reconocimiento al dolor de las víctimas: “La Compañía de Jesús reconoce el pleno derecho que, tanto los denunciantes como quien ha sido denunciado, tienen en buscar la verdad y la justicia”.

Aunque un mes más tarde los denunciantes de Valenzuela acusarían el retraso de la orden en reaccionar ante las denuncias, la jugada ya había sido un golpe mediático.

El lobby de un seminarista

La relación entre Enrique Correa y la Iglesia Católica va mucho más allá del apoyo reciente a los jesuitas. Por eso, cuando a comienzos de septiembre El Mostrador dio a conocer el intercambio de e-mails entre el arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati y el cardenal Francisco Javier Errázuriz, muchos al interior de esa institución no lo encontraron extraño. En uno de los correos, Errázuriz respondía así a Ezzati: “Antes de salir de Chile llamé a E. Correa para decirle que si el gobierno nombrara al personaje [se refieren a Felipe Berríos] capellán de La Moneda estaría armando un gran e innecesario conflicto, porque te obligaría a rechazarlo, lo cual crearía serias tensiones entre el gobierno y la Iglesia, y al interior de la Iglesia. Me dijo que lo transmitiría de inmediato”.

“Es una persona amiga del Gobierno, con la que se puede conversar, pero no presiona”, aseguró el ministro del Interior, Jorge Burgos, cuando la prensa le preguntó por Correa y las gestiones para sacar a Berríos del camino.

La cercanía de Correa con la Iglesia no solo responde a las redes que logró cuando, al mismo tiempo de asumir como vocero del Gobierno de Patricio Aylwin, también se convirtió en uno de los impulsores de la política de “los acuerdos”, alcanzando una transversalidad camaleónica. El vínculo va incluso más atrás. Es hijo de un padre masón, laico y liberal, pero también de una madre comunista y católica. Ella le inculcó la fe.

Como relata una entrevista de la revista Caras, antes de la adolescencia fue monaguillo en su parroquia de Ovalle y, aunque sus padres soñaban con verlo convertido en abogado, él –preadolescente y militante de la JDC– optó por otro camino. Viajó hasta Santiago donde ingresó al Seminario Diocesano. Allí entabló varias amistades que serían cruciales en su cercanía con la Iglesia: en ese tiempo tejió una amistad con Jaime Estévez, ex diputado que estuvo tres años en el Seminario Pontificio Menor, donde ambos fueron asimismo compañeros de Luis Eugenio Silva.

Fue crucial en su formación el fallecido obispo de Talca, Carlos González Cruchaga. De reconocida raíz jesuita –estudió en el Colegio San Ignacio–, González, primo de Alberto Hurtado, había sido a fines de los años 40 asesor nacional de la Juventud Obrera Cristiana. González era el rector del Seminario y se transformó en el guía espiritual de Correa.

Esa guía nunca lo llevó al sacerdocio, porque abandonó ese camino después de un año y medio. Al cabo de ese tiempo volvió a Ovalle para convertirse en locutor, abriendo un serpenteante camino que lo haría estudiar Filosofía, ser democratacristiano, luego Mapu, exiliado en la URSS y Berlín, entrar a Chile con distintas chapas, ser ministro en democracia, para luego convertirse el más importante lobbista y asesor –entre otras empresas y empresarios– de SQM, la compañía que controla indirectamente el yerno de Pinochet, y también de Penta, así como del comando bacheletista para el 27-F. Ahora también lo es del ex ministro Rodrigo Peñailillo, de quien se declara “muy amigo”. Eso sí, sin abandonar nunca su cercanía con la Iglesia.

Mi amigo Precht

Uno de los amigos cercanos que hizo Correa en su paso por el Seminario fue Cristian Precht. Es otra de las asesorías vinculadas a la Iglesia que Correa ha prestado por “amistad” en el último tiempo.

Precht y Correa son amigos hace más de 50 años y, aunque el proceso del sacerdote –que se convirtió en emblema durante la dictadura– fue canónico y no parte de la justicia ordinaria, Correa le entregó apoyo y asesoría para su defensa. Una situación que confirman en el círculo cercano del sacerdote, pero sobre el cual no se refirió Correa, a quien este medio llamó insistentemente.

En la Iglesia está dibujada, para Correa, no solo su infancia, las contradicciones, sus pasos frustrados, sino también el poder.

El abogado y máster en Periodismo, Renato Garín, lo resumió así hace un tiempo en una revista: “A Correa no le interesa únicamente el dinero sino que el poder como lo entienden los curas. Para él se trata de quién hace la misa más importante, y con su tono pastoral se refiere al ‘modelo’, ‘a lo que hemos construido’, ‘al crecimiento’, de la misma manera que antes hablaba de la reforma agraria, la igualdad y la lucha de clases. El siente que juega un rol de articulador de la feligresía, con la Concertación y el sector empresarial como sus públicos principales”.

 

Fuente: El Mostrador.

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