Opinión

La trampa de la gratuidad

Por: Andrés Berg, investigador Fundación P!ensa

El problema de la gratuidad no es sólo técnico, sino también político. En lo gratuito se aquilatan todos los ideales de la izquierda criolla. En cualquier falla que el libre mercado deja ver, las voces de la gratuidad resuenan automáticamente. Y la idea de lo gratuito, convengamos, agrada.

¿Qué pasaría si los cientos de miles de jóvenes que reciben gratuidad dejaran de recibirla? Esa es la pregunta que da vueltas por la mente del ministro del Interior cuando piensa en que probablemente Sebastián Piñera sea Presidente en 2018. La suspicacia de esta pregunta revela la trampa que subyace en la forma en que la Nueva Mayoría concibe la gratuidad: un derecho inalienable de todo ciudadano a estudiar gratis.

La historia es simple. La Presidenta Bachelet prometió en su campaña educación gratis para todos, aun sabiendo que era fiscalmente imposible hacerlo a menos que evolucionásemos 60 años de un paraguazo. Una vez en el Gobierno, elaboró una reforma tributaria, a sabiendas insuficiente, para avanzar en la gratuidad. La reforma, como era de esperar, no alcanzó, los estudiantes salieron a la calle, cambió al ministro y finalmente se añadió una glosa en la Ley de Presupuestos en la que se entrega una beca —llamada gratuidad— para los más desaventajados. Hecha la ley, hecha la trampa.

Desde el año pasado, entonces, nos acostumbramos a ver en los diarios y noticieros el “buenismo” de la gratuidad de la educación en jóvenes, adultos, jubilados, inmigrantes y las más diversas historias que regocijan el alma. Como si los recursos fuesen un maná caído del Cielo o estuviésemos viviendo en Suiza, nadie más se acordó del 7% más pobre de Chile, que vive en condiciones de un ciudadano promedio de algún país pobre de África; de los más de 80 mil jóvenes que aún no vuelven a clases; de los que ni siquiera tuvieron la posibilidad de tener una educación escolar de calidad, ni menos haber asistido a un jardín infantil; de aquellos que no contaron con las herramientas mínimas para optar a la añorada gratuidad.

Y es que la gratuidad se sustenta socialmente en el egoísmo. Nadie se acuerda de los más vulnerables a la hora de que te paguen la educación. Por el contrario, invertir en los primeros años del proceso educativo es mucho más eficiente e inclusivo: le entregará a los más desaventajados las oportunidades que sus padres no tuvieron y se nivelarán las oportunidades entre los distintos estratos socioeconómicos.

Con todo, lo tramposo va más allá de lo mezquino de la gratuidad: está profundamente arraigado en el concepto de lo que es gratuito. Convengamos que no hay nada gratuito en la educación, porque alguien la tiene que pagar. La discusión, por lo tanto, es quién: si los contribuyentes o cada individuo. Si los recursos son escasos y, además, hay quienes no pueden pagar por ella, resulta bastante sensato priorizar. ¿Cuál sería, entonces, la diferencia entre la gratuidad y una beca? Conceptualmente ninguna. Sin embargo, hoy por hoy la gratuidad es un mecanismo de financiamiento técnicamente malo. Es lo mismo que una beca, con la problemática de que depende de la discusión y aprobación presupuestaria de cada año. ¿Estaremos los próximos 60 años discutiendo acerca de esto? De ahí que sea evidente la prioridad del próximo Gobierno, cualquiera que sea electo, de discutir y elaborar un mecanismo de financiamiento eficiente y responsable.

El problema de la gratuidad, sin embargo, no es sólo técnico, sino también político. En lo gratuito se aquilatan todos los ideales de la izquierda criolla. En cualquier falla que el libre mercado deja ver, las voces de la gratuidad resuenan automáticamente. Y la idea de lo gratuito, convengamos, agrada.Entonces, cuando el probable futuro Gobierno de Piñera replantee la mal llamada gratuidad en una política pública realista y responsable de financiamiento a la educación superior —como se imaginará el ministro Fernández—, arderá Troya. Desde el Frente Amplio hasta una buena parte de la DC saldrán a marchar nuevamente por las calles de la Alameda junto a los diversos movimientos sociales que recurrentemente lo hacen.

La trampa, por lo tanto, se encuentra en el disfraz con que se vistió una norma que caduca a fin de año, haciéndola ver como una supuesta política pública imperecedera. En el fondo, se cubrió a una política técnicamente mala con una prenda políticamente valiosa. Pero como dice el refrán, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Lo que resta por hacer, entonces, es elaborar una política pública seria de financiamiento de becas y créditos contingentes al ingreso, y a eso llamarlo gratuidad.

Fuente: ellibero.cl

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