Opinión

¿Qué hago con un trabajador así?

María, una profesora de biología jubilada por discapacidad psíquica, dice: “Nunca quise tener hijos por temor a heredarles mi enfermedad. Tengo epilepsia y me sentí muy discriminada cuando se me declaró. No me dejaron seguir trabajando y yo amaba ser profesora”. Su respuesta refleja dos temores comunes entre los acogidos de Rostros Nuevos, fundación de Hogar de Cristo, que atiende a adultos con discapacidad mental: heredar a sus hijos su problema y que se les niegue un derecho y una necesidad vital, trabajar.

 

En febrero, el ministro del Trabajo celebró en Concepción el impacto de la Ley de Inclusión Laboral al cabo de un año de operación. Los datos oficiales son que “hay 1.916 empresas con 10.476 personas contratadas, lo que representa un 83% del total. Y que 6.980 corresponden a hombres y 3.496 a mujeres”. Nada se dijo, sin embargo, sobre qué tipo de discapacidad tienen las personas contratadas. Nos parece crucial conocer ese dato si queremos avanzar real e integralmente en inclusión laboral y de todo tipo, porque tenemos la impresión de que se podría estar favoreciendo a una discapacidad sobre otra.

 

En Chile, la población mayor de 18 años con algún tipo de discapacidad es de 2.606.914 personas. De ellas, unas 300 mil presentan dificultad mental, intelectual o síquica y casi la mitad pertenece al quintil más pobre de la población. Es decir, son los menos del total y los más vulnerables, porque cargan con una mochila de prejuicios y discriminación enorme, mayor, sin duda, que el de las personas mudas, ciegas, sordas o con cualquier otra limitación física. El temor, propio del desconocimiento, es lo que más atenta contra quienes presentan dificultades mentales, pero que en Rostros Nuevos, que potencia el desarrollo de personas con discapacidad psíquica y/o intelectual en situación de pobreza, demuestran a diario sus capacidades de integración. La mayor barrera para la inclusión social de las personas con discapacidad mental proviene de las actitudes negativas hacia ellas; la discriminación es el verdadero impedimento. No son ellos; somos nosotros.

 

Por Juan Cristóbal Romero, director ejecutivo del Hogar de Cristo

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