Opinión

Tercer aniversario: ¿cumpleaños feliz?

Por Gonzalo Blumel. Quizás la única esperanza que le quede a La Moneda sea precisamente aferrarse a la elección presidencial. Asegurar la sucesión puede ser una digna salida.

Mañana se cumplirán tres años desde que asumió el gobierno de la Nueva Mayoría. A partir de ese momento la actual administración iniciará su cuenta regresiva. En la práctica, habrá terminado su vida útil, ya que inevitablemente el debate irá siendo monopolizando por las elecciones presidenciales de fin de año.

Es por ello que ya cabe realizar un primer balance global de lo que ha sido el segundo mandato de la Presidenta Bachelet. Y, lo más justo, es hacerlo remitiéndose a los principales compromisos asumidos en el programa de gobierno, ese ser casi mitológico que, paradójicamente, ya  nadie reconoce como propio.

El primer gran compromiso fue atacar las desigualdades existentes en Chile a partir de un conjunto de reformas estructurales. Pues bien, ciertamente varias de las reformas estructurales ya han sido concretadas (tributaria, laboral y educación escolar), no obstante, siguen pendientes por falta de niveles mínimos de acuerdo otro importante conjunto de iniciativas (nueva constitución, ley de isapres, reforma a las pensiones, aborto). Pero, ¿han permitido dichas reformas reducir las inequidades presentes en nuestra sociedad? La respuesta es definitivamente no. Por el contrario, la mejoría que se venía observando en los índices de distribución del ingreso en los últimos años se ha estancado (las encuestas Casen y NESI muestran variaciones irrelevantes), las brechas en materia educativa tampoco se han reducido, y los índices de salud que afectan a la población más vulnerable sólo se han deteriorado (las listas de espera Auge se han triplicado).

Un segundo compromiso fue  mantener una dinámica de progreso económico y social. Así, el programa prometió mantener altos índices de crecimiento (5% hacia la segunda mitad del periodo), recuperar la senda de la responsabilidad fiscal y reducir la pobreza “abatiendo incluso su expresión más extrema”. Pues bien, la performance en este ámbito ha sido sencillamente paupérrima. El país ha alcanzado su peor resultado económico en 30 años, con un crecimiento promedio de apenas 1,9% (este año creceremos menos que El Salvador, Guatemala, Nicaragua y Honduras). La deuda pública se ha encaramado a su mayor nivel en dos décadas, llegando a 25,2% del producto, el doble de lo que era hace cuatro años. El déficit fiscal efectivo se ha cuadruplicado, pasando de 0,6% a 2,8% del PIB. Y ello la gente lo percibe con claridad: según la última encuesta CEP, el 67% cree que el país está estancado, todo un record desde que se lleva esta medición.

Un tercer compromiso, quizás el más simbólico, fue el de la gratuidad. El programa fue explícito en señalar que los estudiantes del 70% más vulnerable accederían al beneficio durante el periodo de gobierno, llegando en seis años a la totalidad de los jóvenes chilenos. Pues bien, a sólo un año de terminar el mandato aún no hay Ley de Gratuidad en la Educación Superior (la discusión legislativa lleva seis meses congelada porque el proyecto ha sido rechazado en forma unánime). Y los mecanismos actualmente vigentes para optar al beneficio están regulados por una raquítica glosa presupuestaria, de dudosa constitucionalidad, que no llega ni siquiera al 20% de la matrícula.

Por ello, quizás la única esperanza que le quede a La Moneda sea precisamente aferrarse a la elección presidencial. Asegurar la sucesión puede ser una digna salida. Pero siendo este el gobierno con mayor rechazo ciudadano desde el retorno a la democracia, esa salida parecer ser nada más que una quimera.

Fuente: pulso.cl

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